Por un capricho, yo mis sinsabores

los quisiera arrancar, y mi destino

truncarlo, detenerme en el camino

y en medio de un césped de gratas flores

dormirme sin la hiel de los dolores.

Quisiera esta alma de penar cautiva

emborracharla de infinito gozo,

ya en un silencio dulce y amoroso,

ya en medio de una calma lenitiva

de esa… que hasta del pensamiento priva.

O bien tenderme a raso de un desierto,

y no ser visto por ningún viandante,

y poco a poco por la arena errante

como un nauta que en vano busca un puente

ser sepultado en el olvido: ¡muerto!

Ser nada fuera de la amarga vida,

fuera del sentimiento que aguijona

como el polvo que al viento se abandona,

como la onda que pasa inadvertida

así… el alma en el éter desprendida.

Pero, ¡oh!, inútil deseo de la mente,

inútil sed del corazón que llora,

cuando el dolor por siempre, hora tras hora,

prosigue macerando impenitente

el pobre corazón, la mustia frente.,

Inútil ansia de dicha y ventura

cuando los hombres hieren como hienas

y cuelgan en los brazos, las cadenas

del oprobio, la pena, la tortura…

y dejan como herencia: la Amargura.

¿Por qué soñar con más felices días?

¿por qué obstinarse en horas promisorias?

La flor no crece sobre las escorias,

y esa que nace en las regiones frías;

ajada ahí muere por la nieve impía.

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